martes, 14 de septiembre de 2010

¿Añoranza?

Supo donde estaba en el mismísimo momento en el que sus sentidos captaron un olor tantas veces conocido. Pero no podía ser... otra vez, no. Quería dejar de fiarse de su olfato, abrir los ojos y confirmar que estaba soñando, que era mera añoranza, así que se decidió. Se levantó en la cama, abrió los ojos...
-No.
Sus sábanas, su olor, su ropa al pie de la cama...la ventana, la de la primera vez. "¿Cómo es posible?", pensaba.
Le vio aparecer por la puerta, empezó a recordar.

Como siempre, le pilló por sorpresa. Que apareciese de pronto y le saludase dándole dos besos sin ella siquiera poder reaccionar le desconcertaba. ¿Por qué? No lo sabía. Sí, sí lo sabía, pero odiaba admitirlo.
Cuando quiso darse cuenta ya tenía una taza de café delante. Hablaron durante toda la tarde, cosas importantes y cosas con menos importancia... Se narraron sus vidas, desde la última vez. Pero jamás terminaban de hablar, siempre tenían algo que decir. Él la invitó a cenar a su casa. Obviamente, ella aceptó.
Una noche más, sus cuerpos se encontraron en aquella habitación para fundirse, hacerse uno, desearse, amarse el uno al otro, amarse a sí mismos, entregarse, cruzar los límites, ver un principio y su final. Su final, porque el final es lo más duro y lo más placentero, lo más bello y lo peor, ¿quererlo, o no quererlo? Por eso cada uno decide guardarlo en un pequeño rincón de su corazón, donde apenas brille, pero sabiendo siempre que está ahí.

-Buenos días, princesa.



Y, aunque ahora somos como extraños, yo jamás te olvidaré.

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